viernes, 28 de septiembre de 2012

Capítulo 1


Capítulo 1: Miedo.


Cristina:


Estoy cansada y dolorida. Entreabro los ojos pero el deslumbro de la luz hace que los cierre de nuevo. Llevo las manos a mi cara con dificultad y me tapo la tapo. Oigo voces, parecen las de mis padres. Abro los ojos esta vez con más éxito que la anterior y miro a mi alrededor. Percibo rápidamente que no estoy en mi casa, este lugar parece un ¿hospital? ¿Pero qué hago yo aquí? No recuerdo absolutamente nada de lo que ha pasado.


Mientras sigo aturdida me miro y me veo llena de cables y vías, por más que me esfuerzo sigo sin comprender el por qué de mi estado. Encuentro la mirada de mi madre y a continuación la de mi padre intentando así que ellos me den la respuesta. Su cara refleja alegría de que haya despertado, pero también preocupación. Intento hablar, pero hasta la boca me duele. Noto como mi madre me agarra la mano en señal de apoyo y sacó las fuerzas para hablar:

Yo: ¿Qué ha pasado mamá? ¿Por qué estoy aquí?
Domi: ¿No lo recuerdas cariño? Has tenido un accidente... con el coche.


En este momento una serie de imágenes recorren mi cabeza, creo recordar como un coche se acercaba al mío muy rápidamente y como a partir del golpe dejé de estar consciente. Me siento como si la cabeza me fuese a explotar de un momento a otro, así que hago un gesto a mi madre con la mirada y ella enseguida llama al médico.


Mis padres salen al exterior de la habitación justo cuando entra el médico, ataviado con una bata blanca. Nunca me han gustado los hospitales, todo tiene un aspecto tan tétrico... El médico me examina detenidamente, parece que mi dolor tan sólo se debe al fuerte impacto, pero aparentemente no tengo nada roto. Mi cuerpo está lleno de hematomas de diferente tamaño, pregunto al doctor y me dice que lo único que necesito es reposo durante un par de semanas mínimo.


El doctor sale a los pocos minutos tras percibir como comenta mi estado con mis padres tras la puerta, ellos entran. Ahora se les nota mucho más tranquilos, pero me duele que lo hayan pasado tan mal por mi culpa y por la de ese otro conductor al que todavía no guardo rencor... yo también sobrepasaba los límites de velocidad y reconozco que no iba en condiciones para conducir. Pero ahora ya no hay marcha atrás, no puedo retroceder en el tiempo...


Recuerdo el motivo de mi estado de ansiedad y nervios ese día. El motivo tiene nombre y apellidos: Daniel Martínez Villadangos. Nos hicimos mucho daño, pero ese día en concreto, mucho más. Todo sucedió tan sólo unas horas antes del accidente, pero no quiero recordarlo. Ahora tengo muchas más preocupaciones que merecen más tiempo de mi que él.


Miro a mi padre y busco la manera de preguntar algo tan duro, pero me armo de valor y lo hago:

Yo: Papá... –Mi padre se acerca enseguida hacia mi y me acaricia levemente la mejilla-.
Paco: Dime cariño, ¿estás bien? ¿necesitas algo? –Dijo en un tono dulce-.
Yo: Papá, siento mucho lo del accidente, yo no quería...
Paco: Olvídate de ese tema, lo importante es que estas bien. –Acercándose hasta mi frente para depositar un pequeño beso en ella-.
Yo: Ya... pero es que también quería preguntaros sobre cómo está el otro conductor... o conductora...


Noto cómo mis padres comienzan a mirarse entre ellos y no saben si responderme o no... también noto como intentan evadir la pregunta, pero aunque tenga muchísimo miedo a esa respuesta insisto, quiero saberlo:

Yo: Quiero que me contéis la verdad, os lo pido por favor.

Mi madre toma asiento y se coloca en una de las esquinas de la cama en la que sigo tumbada. Me agarra una mano y toma aire, mis nervios aumentan:

Domi: Cariño, ¿no recuerdas nada del accidente? –Dice mientras me mira fijamente a los ojos-.
Yo: No, tan sólo recuerdo que un coche que se abalanzó sobre el mío... pero no logré ver al conductor... pero... dime, ¿está bien? –Cada vez que me repito una vez más esa pregunta, ya sea en mi mente o proyectada en palabras, más miedo siento de la posible respuesta. No podría cargar en mi conciencia haber hecho daño a alguien...-.
Domi: El conductor... –Mira a mi padre unos segundos, unos segundos que se me hacen agónicamente eternos- está bien.


En este momento todo mi cuerpo que antes permanecía en tensión, se relaja. Pero tras mirar a la cara a mis padres noto como hay algo que me ocultan, no sé lo que es, pero sus rostros esconden algo más. Les conozco y sé que lo que me ocultan es para intentar hacerme el menos daño posible, pero yo quiero saberlo. Por muy malo que sea quiero saber la verdad, sin que nadie me oculte nada:

Yo: Quiero verle...


Mis padres inmediatamente empiezan a ponerse nerviosos, noto que mi frase no les ha gustado. Pero las cosas son así, quiero verle, sea quien sea. Necesito comprobar con mis propios ojos el estado de esa persona. No saben que decirme, así que yo insisto:

Yo: Y no me digáis que no, porque voy a ir a verle, estoy en mi derecho. –Digo contundente.
Domi: Cariño, todavía no. –Dice nerviosa-.
Yo: ¿Entonces cuándo mamá? –Pregunto en tono desesperante-. Ni soy tonta ni me lo ha dejado el accidente, y noto perfectamente que me estáis ocultando algo... Quiero verle.
Domi: Cristina, por favor... no es momento para discutir esto, tú céntrate en recuperarte. –Dice mientras se acerca a su bolso con excusa de no mirarme a la cara mientras mi padre observa la escena sin saber como intervenir-.
Yo: Yo estoy bien, sólo pido saber cómo está él, creo que no es tan complicado... –Repito insistente-.
Domi: Cuándo te den el alta lo hablamos...


Y de repente, justo antes de que me diera tiempo a replicar entra una enfermera a cambiarme el suero. Me mira sonriente y me dice: “No vas a estar mucho tiempo más por aquí, mañana por la tarde te damos el alta. Pero tienes que guardar reposo en casa durante por lo menos unos diez días, ¿eh?” Me quedo paralizada, soy de esas personas que ante todo quieren saber siempre la verdad, pero lo cierto es que me da cierto miedo pensar en esa persona, en cómo estará, en quien será...


La enfermera sale de la habitación y yo sigo en una especie de estado de shock. Me da miedo enfrentarme a la verdad, pero tengo que hacerlo. Mi mente está en otra parte, no me importa en absoluto el dolor que yo pueda tener. Recuerdo una vez más el motivo de mi accidente, en quien estaba pensando. Me da por pensar en el motivo del accidente de la otra persona, ¿habrá otra historia detrás? Quien sabe...


Mañana me darán el alta y lo primero que pienso hacer cuando quede oficialmente “libre” es ir a verle, preocuparme por él y ayudar en todo lo que sea necesario, esa persona tampoco lo hizo bien en la carretera... pero supongo que para eso estamos, para apoyarnos...


El sueño y el cansancio comienzan a hacer mella en mí y voy quedando dormida, no sin antes dedicar de nuevo mis pensamientos a él, a esa persona a la que tanto quería y tanto creo que por mucho que haya pasado sigo queriendo... Pienso en qué será de él... ¿sabrá lo de mi accidente? Es extraño, pero creo que le echo de menos.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Prólogo.

Prólogo.




Cristina:



Salgo de aquel lugar y lo primero que hago es sentarme en el suelo. Intento respirar lo más profundo posible, necesito aire. Me siento mal, muy mal; no puedo parar de pensar en todo lo ocurrido. Soy de esas personas que siempre le dan veinte mil vueltas a las cosas, a veces pienso que lo mejor es pasar de todo, como mucha gente hace, pero no puedo, siento que tengo esa necesidad de ver a todo el mundo feliz para así poder serlo yo, pero en numerosas ocasiones es sólo la primera parte la que se cumple. Realizo un amago de levantarme, pero me mareo y me vuelvo a sentar. Espero unos segundos, tomo aire de nuevo y por segunda vez intento levantarme, esta vez lo consigo. Camino despacio, mil pensamientos recorren mi cabeza y tan sólo una culpable, yo. 


La calle está completamente vacía debido a la hora que es, es de noche y la visión es muy reducida. Camino hasta mi coche, que está a tan solo unos metros de mí. Cuando llego hasta este, me monto y al sentarme reposo mi cabeza en el asiento, levanto la mirada hacia el techo y sin poder controlarme empiezan a brotar las lágrimas de mis ojos. No puedo creer que todo esto me esté pasando a mí, creo que no lo merezco, pero, ¿qué hay justo en esta vida? Ahora vivo lo que me toca vivir, porque la mayoría de las veces no puedes elegir lo que te va a pasar, y yo si hubiera sabido antes todo esto, seguro que mis decisiones no hubieran sido las que fueron. Pero ahora no hay marcha atrás.


Llevo las manos hasta mi rostro y aparto las lágrimas como puedo. Intento mantener la mente en blanco, sin éxito, obviamente. No sé ni dónde quiero ir, lo único que sé es que no me quiero quedar allí. Arranco el coche y llevo mis manos hacia el volante, con un pié piso el acelerador y salgo de ahí lo más rápido que puedo. Llevo más velocidad de la que debería, pero no puedo controlarme. Mi cabeza no controla mis actos en este instante. Cojo mi móvil y le llamo, tras varios pitidos noto como no me lo coge, no quiere saber nada de mí.


Las lágrimas vuelven a hacer acto de presencia en mis ojos y recorren mis mejillas. Apenas veo, pero percibo como las luces de lo que parece un coche se acercan hasta mí muy rápidamente. No me da tiempo a reaccionar cuando noto un estruendo y un fuerte impacto. A partir de este momento, dejo de sentir nada.


Dani:



Llevo ya unas cuántas horas en la discoteca y son varias las copas que me he tomado hasta el momento. Salgo de fiesta muy habitualmente, pero no siempre bebo. Bebo sólo cuando necesito despejarme, y hoy es un día de esos. No quiero beber más, me siento bastante mal y creo que me estoy mareando. Salgo cómo puedo del local en el que me encuentro entre mi malestar cada vez más pronunciado.Una vez en la calle me apoyo de pié en la pared. No aguanto mucho más y vomito. No puedo seguir bebiendo y ahora mismo no puedo ir a avisar a mis amigos, no tengo fuerzas.


Doy varias vueltas por la calle en busca de mi coche. Tras varios minutos lo encuentro por fin, ni siquiera recordaba el lugar dónde lo había aparcado al llegar. Antes de abrir la puerta vomito de nuevo, siento que no estoy en buenas condiciones para conducir, pero quiero llegar ya a casa para pegarme una ducha y ahora  mismo no encuentro otra opción que coger el coche. Monto por fin en él y antes de arrancar pienso, por mucho alcohol que lleve en mi sangra ahora mismo me resulta completamente imposible dejar de pensar en todo lo que ha pasado. Sacudo mi cabeza y coloco con dificultad la llave para poder poner en marcha el coche.


Mi mente ahora mismo no está en la carretera. Pero lo hago. Piso fuertemente el acelerador y tras cruzar una calle no me fijo en las señales que indican que pare, que la calle está en obras y que hay demasiados coches intentando circular por el mismo sitio. Suena mi móvil, meto una de mis manos en el bolsillo mientras la otra permanece en el volante, reduzco la velocidad para ver quien me llama a estas horas, es ella, no quiero cogerlo y al leer su nombre la rabia se apodera de mi y lanzo el móvil al asiento vacío del copiloto, asiento que habitualmente ocupaba ella.


Aumento de nuevo la velocidad y veo como me dirijo hacia un coche negro, estoy a un escaso metro de él y mi ritmo es tan alto que no puedo parar. No reacciono. Simplemente aprecio el impacto y en ese momento, mi vida cambia para siempre.